Primero están los soñadores y habladores, que comienzan sus
proyectos con un entusiasmo absurdo, pero esta explosión de energía se agota
enseguida cuando se encuentran en el mundo real y el duro trabajo necesario
para llevar a término cualquier proyecto. Son criaturas emotivas que viven
fundamentalmente el momento; pierden con facilidad el interés cuando algo nuevo
atrae su atención. Sus vidas están plagadas de proyectos a medias, entre los
que se incluyen algunos que apenas han parado de ensoñaciones.
Luego están los que concluyen todo lo que hacen ya sea
porque deben hacerlo o porque consiguen aguantar el esfuerzo. Pero cruzan la
línea de meta con menos entusiasmo y energía que comenzaron. Esto marca el fin
de la campaña. Como están impacientes por acabar, el final parece precipitado y
lleno de parches. Y cuando el proyecto avanza, difiriendo como es inevitable de
lo que habían imaginado que sería, crece su inseguridad sobre cómo libarse de
él y abandonarlo o simplemente precipitar su conclusión.
Por último el tercer grupo comprende a las personas que
entienden una ley primordial del poder y la estrategia: el final de algo – un proyecto,
una campaña o una conversación- posee una importancia capital para los demás
porque resuena en la mente.
Una guerra puede comenzar con una gran fanfarria y brindar
muchas victorias, pero si termina mal, eso es lo que todos recuerdan. Como conocen
la importancia y resonancia emocional del final de algo, las personas del
tercer tipo comprenden que no se trata de limitarse a acabar lo que han
comenzado, sino terminarlo bien, con energía, la cabeza clara y la mirada
puesta en el día después, en la forma como el hecho perdurará en la mente de la
gente. Estos tipos de personas comienzan de forma invariable con un plan claro.
Cuando aparecen los contratiempos, pues los habrá, son capaces de mantener la
calma y pensar con racionalidad. No se limitan a planear el final, sino más
allá, sus consecuencias. Son las personas que crean cosas que perduran, una paz
significativa, una obra de arte memorable o una carrera larga y fructífera.
La razón por la que resulta difícil terminar bien las cosas
es sencilla: los finales inspiran emociones muy fuertes. Al término de un
amargo conflicto, tenemos un profundo deseo de paz, impaciencia por que se
declare una tregua. Si el conflicto nos brinda la victoria, solemos sucumbir a
ilusiones de grandeza o nos vemos dominados por la codicia y abarcamos más de
lo que necesitamos. Si el conflicto ha sido desagradable, la ira nos inclina a
terminar con un golpe violento y punitivo. Si perdemos, nos queda un deseo
abrasador de venganza. Emociones semejantes pueden arruinar nuestro buen
trabajo previo. En realidad, nada es más difícil en el reino de la estrategia y
la acción que mantener nuestras mentes rectas todo el camino hasta el final y
después, pero tampoco nada es más necesario.
